Educación y Paz en Colombia: La Capacidad de Transformar

Sam Underwood - @samunderwood25
25 Septiembre 2015

Cuando hizo su discurso para aceptar el Premio Nobel en Literatura en 1982, el escritor colombiano Gabriel García Márquez citó a William Faulkner. “Me niego a admitir el fin del hombre,” había dicho el maestro, en aquel mismo lugar, treinta y dos años antes.

Treinta y dos años después, García Márquez falleció. Las palabras que eligió para concluir su discurso siguen resonando:

“Todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie puede decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra.”

Colombia queda embrollado en un conflicto que se remonta hace más que cincuenta años, y aun busca una manera de construir tal utopía. Muchos ven la educación sinónimamente con la idea de una segunda oportunidad, discutiendo que hay que empoderar a la generación futura con las herramientas para transformar la sociedad para mejor.

Resuelto a investigar esta hipótesis, encontré varios estudios esclarecedores sobre cómo la educación de niños y niñas en derechos humanos, la enseñanza de la resolución pacífica de conflictos, y la inversión en el desarrollo de la juventud pueden facilitar la construcción de paz. Aún así, la brecha entre la teoría y la práctica queda sumamente amplia.

En sociedades violentas, hay un peligro considerable de que la educación se enrede en círculos viciosos como consecuencia y causa de conflicto. Su capacidad de formar, y transformar, puede ser manipulada por los que tienen el poder, precisamente los que deberían proteger, respetar y promover la educación como un derecho humano. Para dar unos ejemplos: a lo largo del conflicto colombiano, los docentes eran perseguidos a una escala inimaginable[1], la educación en derechos humanos era calumniada como una apología para el terrorismo por los oficiales más altos del gobierno, y el estado se negó a ampliar el sistema de la educación más allá de los centros urbanos, abandonando millones de niños y niñas a los grupos armados ilegales, y pandillas de crimen organizado.

La educación también puede ser imprescindible para la paz. Más allá del valor del derecho de educación para el desarrollo de la personalidad, la educación puede tener un papel fundamental en sociedades violentas por aportar un espacio seguro para que niños y niñas puedan leer, jugar, formar amistades y expresarse. También proporciona un camino para la reintegración de niños y niñas en la sociedad. Entonces, cabe decir que la educación puede multiplicar derechos, tanto como los puede violar.

En Mayo de 2015, fui a Colombia, en el medio de un proceso de paz en la Habana entre el gobierno y las guerrillas de las FARC, para aprender más. Mientras las negociones en la Habana dominaban las noticias, por la calles se hablaba de la educación. En mi primer día en Bogotá, me topé con una manifestación de docentes en paro en la Plaza de Bolívar, denunciando la traición que sentían del gobierno. Como una profesora me dijo, “hablan de docentes como gestores de la paz, y a la vez siguen invirtiendo más en la guerra.” Colombia no es única en ese respecto; prácticamente cada estado enaltece la capacidad de la educación para empoderar la juventud a construir un mejor porvenir; prácticamente ninguno invierte los recursos, ni paga a sus profesores un salario respetable, como para hacer esa teoría una realidad.

Bogotá es un microcosmos del país, por la manera en la que su geografía espacial  corresponde a la distribución de recursos. Usted se puede parar en la Plaza de Bolívar, la plaza principal y el centro jurídico y legislativo de la ciudad. Anda cinco minutos arriba de la cuesta del valle con la plaza a sus espaldas, y llega a La Candelaria, el barrio más turístico de la ciudad, colmado de bares y hoteles. Sigue quince minutos más en la misma dirección, y se encuentra en Barrio Las Cruces, una de las comunidades más pobres y más violentas de Bogotá, estigmatizada por el consumo de drogas, crimen organizado, y abandono del estado.

Ahí conocí a una chica de 15 años a quién, asombrosamente, habían seleccionado para viajar a Ginebra para representar a las niñas y los niños de Colombia y promover el derecho a la educación ante el Comité de los Derechos del Niño. Después de felicitarla por su increíble hazaña, su respuesta fue contundente. Simplemente se encogió los hombros, señalo abajo, y dijo, “gracias, pero lo que a mí me parece increíble…es que nosotros tenemos el gobierno aquí al lado. Tener que ir allá a Suiza…porque no nos escuchan acá.”

Claramente, la visibilidad, la exclusión, y la ignorancia son problemas en Colombia. No obstante, varias organizaciones y líderes juveniles están aprovechando la oportunidad creada por las negociones de paz para promover la educación para todos, y para movilizar a niños y niñas como gestores de paz. Me explicaron que las escuelas eran centros formativos de identidades, que transmiten valores y comportamientos a la próxima generación. Puesto que estos valores suelen reflejar el contexto local, sociedades violentas requieren una intervención en el sistema de la educación, para romper el círculo vicioso de conflicto, y facilitar una transformación.

Una manera de lograr esto, como discutían muchos de los entrevistados, era enseñar y reflexionar sobre el conflicto para dar un reconocimiento a las víctimas y sembrar una mentalidad de “Nunca Más.” Por ejemplo, una profesora con quien hablé había llevado a sus estudiantes desde un barrio de Bogotá a El Salado, el sitio de una horrorosa masacre en 2000, en la que los paramilitares mataron sesenta personas. El impacto del viaje era notable: por primera vez, los estudiantes se preguntaban por qué fue permitido, por qué los medios de comunicación lo presentaron de una manera tan sesgada, qué se podía hacer para que no volviera a suceder. Pensaban críticamente, conscientemente, y se reconocían como ciudadanos activos y gestores de paz.

En Barrancabermeja, una de las ciudades más violentas de los noventas, me contaron cómo la gente local convenció a las corporaciones petroleras en la región para invertir fondos intencionados para seguridad en un nuevo colegio, a cambio de negociar con los grupos armados ilegales para disuadir ataques. Veinte años más tarde, el proyecto ha evolucionado en “La Ciudadela Educativa de Barrancabermeja,” una serie de iniciativas educativas que ha otorgado a niños y niñas una alternativa a las pandillas armadas, y ha ayudado a disminuir dramáticamente las tasas de violencia. Señalaron que el mayor obstáculo para la expansión no era la violencia ni la pobreza, sino el desinterés y la falta de apoyo político o económico del gobierno.

Sigo convencido de que la educación puede empoderar a jóvenes como gestores de paz, y transformar círculos viciosos de conflicto y división. Esto, sin embargo, requiere apoyo de distintos niveles. Si bien las iniciativas organizadas desde abajo de veras pueden cambiar vidas de individuos y comunidades, el apoyo político y económico es indispensable para contribuir hacia procesos más amplios de construcción de paz, y tener un impacto sinceramente transformador en la sociedad.  Ofreciendo nuestros testimonios, sensibilizando y movilizando por la educación, podemos alcanzar la masa crítica necesaria para exigir este apoyo, iniciar círculos virtuosos de educación, cooperación, y paz, y proporcionar individuos, comunidades, y naciones con una verdadera segunda oportunidad.

Me gustaría agradecer a todos los niños, las niñas, los y las docentes, los y las representantes de ONGs, organizaciones de la sociedad civil e instituciones gubernamentales, con quienes tuve el gusto de conversar y aprender durante mi visita en Colombia. Su trabajo y su visión para la paz son verdaderamente inspiradores, y les deseo mucho éxito en el futuro.

 

Sam se acaba de graduar de la maestría en Derechos Humanos y Democratización en Venecia, y actualmente está trabajando con el equipo de educación en derechos humanos de Amnistía Internacional en Londres. Tiene un gran interés en la historia, cultura, y literatura Latinoamericana, los derechos de niños y niñas, y la educación. 

 

 

 

[1] Entre 1999 y 2005, de los 1174 asesinos de sindicalistas a nivel mundial, 416 fueron obreros colombianos en el sector de la educación. Novelli, Mario (2010). “Education, Conflict, and Social (In)Justice in Colombia,” Educational Review, 62:3, p. 277

 

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